
DC· Reseña·
Absolute Batman #25 es el día en que Bruce Wayne se quedó solo
Un Joker que da miedo de verdad y una traición que duele más que los golpes convierten el número 25 en el punto de inflexión de la serie.
Llevábamos veinticinco números esperando a que Batman y el Joker se miraran a la cara, y ya está aquí. Llega en un número extra largo y con una mala noticia debajo del brazo: es el último en dos meses. Snyder y Dragotta lo saben, y por eso no se guardan nada.
Absolute Batman #25 no es un número más, es una bisagra. Lo que cambia no es tanto Batman como lo que hay a su alrededor, y sobre todo sus amigos de la infancia, esos chavales de barrio a los que Bane convirtió en otra cosa y que la serie ha ido acercando, mes a mes, a lo que todos sabíamos que iban a ser. Oz, Eddie, Harvey y Waylon. Pingüino, Enigma, Dos Caras y Croc. Uno los veía crecer como quien ve crecer a los hijos de un amigo: con cariño y con miedo.
El número abre con un recuerdo de cuando aún eran solo chavales, cuando Bruce vuelve de su etapa con la mafia y ellos se niegan a darle la espalda. Es una escena pequeña, casi tierna, y Snyder la pone ahí con muy mala intención: para que sepamos exactamente qué se va a romper.
Porque luego viene la mansión de Grimm. Batman entra rompiendo una ventana, como entran los que creen llevar razón, y se encuentra a sus amigos tomando el té. Tomando el té. Pocas imágenes hay más crueles: la tragedia no le espera con un arma, sino con una taza. El Joker se los ha ganado, y lo peor es que ellos creen que lo hacen por Bruce. Él les pide que vuelvan y le dicen que no. Hay amistades que se rompen por dinero y otras que se rompen por cariño, y las segundas son peores porque nadie tiene la culpa.

Lo que viene después es una huida que acaba donde no debería: Batman cae en una cueva y abajo le espera el Joker. La pelea surge casi sin querer y es bastante directa, pero tiene una virtud que pocas peleas tienen. Este Batman, que ha resuelto dos años de serie a puñetazos, encuentra por fin algo que no se arregla así. El Joker se convierte en una especie de dragón de casi cuatro metros, y Bruce, que siempre fue el más grande de la habitación, de repente parece pequeño.

Pero lo que me dio miedo no fue el dragón. Fue darme cuenta de que el gran poder de este Joker no está en las garras, sino en la palabra. Antes de dar un solo golpe ya le había quitado a Bruce todo lo que le importaba. Los cuernos son lo de menos.
Dragotta está en estado de gracia. Pinta la violencia con unos fondos rojos que parecen salirse de la viñeta y juega con las escalas como quien juega con la gente: el Joker llena la página y Batman se queda en una esquina. Su Joker da miedo, del que se queda contigo cuando apagas la luz. El color de Frank Martin convierte la mansión en una pesadilla, y la rotulación de Tom Napolitano consigue algo raro: que la rabia de Bruce se oiga.

El epílogo ya mira hacia lo que viene. Alfred, Harley y una Selina que vuelve a Gotham, y Barbara Gordon con todas las papeletas para ser protagonista del próximo arco. Me quedé mirando la última página con la mezcla de emoción y rabia que dejan los buenos cliffhangers, que es la de querer el siguiente número y saber que no llega hasta dentro de dos meses.
Absolute Batman #25 es un punto de inflexión brutal. Deja a Bruce sin red, convierte al Joker en algo que da miedo de verdad y cobra en un solo número lo que la serie llevaba dos años sembrando. La pelea sabe a poco y el número pide tener la serie fresca, pero da igual: hacía mucho que un tebeo de Batman no me dejaba así de tocado.
¿Merece la pena?
Un Joker que da miedo de verdad y una traición que duele más que los golpes convierten el número 25 en el punto de inflexión de la serie.
A favor
- Un Joker aterrador, que gana antes de dar un solo golpe.
- La traición de los amigos, cruel justo porque la hacen por cariño.
- Dragotta y Martin, en su mejor momento en la serie.
En contra
- La pelea con el Joker es corta y bastante directa.
- Mucho diálogo: conviene tener frescos los números anteriores.
- Dos meses de espera hasta el siguiente número.
Iñigo Vidal